Antes dominado por embudos de vehículos, el cruce más famoso de Nueva York ganó plazas temporales, pintura y sillas plegables; luego llegaron diseños permanentes. La gente se quedó más tiempo, las marcas activaron experiencias y los locales capitalizaron la visibilidad, midiendo incrementos en ventas y alquileres sostenibles.
En el corazón de la capital mexicana, el cierre al coche desató polémicas iniciales que se disiparon con datos. Afluencias récord, gastronomía callejera cuidada y tiendas renovadas impulsaron empleo juvenil y ampliaron horarios. Los vitrales históricos recuperaron brillo porque la gente volvió a levantar la vista.
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